miércoles, 30 de julio de 2008

Sensaciones de fatalidad

Algunas veces me levanto de la cama con la sensación de que ese día sería mejor que transcurriera lo antes posible. Es “un mal día”. Pocas veces sucede, la verdad. Pero lo malo es que en esos momentos en que recorro el camino desde la cama a la ducha aún no ha sucedido nada que me haga pensar que pueda ser así. Y lo peor es que cuando me levanto así realmente se cumple que llega a ser “mal día”.


Probablemente sea sugestivo y todo lo que suceda a continuación me lo tome a la tremenda... Aunque de todos modos no me estoy refiriendo a que mi predisposición esos días sea negativa, porque de hecho cuando eso sucede, siento un poco de pánico y trato de razonar para tratar de concluir que unos pocos segundos no son suficientes para determinar el carácter de mi día. Y trato de sonreír…


Y sin embargo…


Sin embargo suele ocurrir que recibo una noticia, de las que no me gusta recibir. Nunca es trágica, pero es suficiente para que me desanime el resto o buena parte del día.


La última vez ocurrió el día que nos confirmaron en la empresa lo que ya venía siendo un rumor a voces: que la subida de julio no se iba a realizar.

Y la previa, cuando un compañero que trabaja en mi proyecto me comunicó que “sí, o sí” abandonaba el proyecto: bien porque se iba de la empresa, bien porque pedía el cambio (y él sabía perfectamente que era una mala noticia para mi… y no solo para mi).


Hace un par de días me pregunté por qué, si realmente lo anterior se cumple, no tengo esa misma sensación para imprevistos de carácter… mmmm… físico.


Porque el pasado 25 de julio, día de Santiago, nada me hizo pensar que el momento de irme a dormir iba a transcurrir de otra forma a como suele ser cuando estoy de vacaciones en la casa castellana de mis progenitores: despedirme con un “buenas noches” y subir las escaleras de la casa de León hasta mi cuarto. Así debería haber sido…


Así… y no con un resbalón en el primer peldaño de acceso al patio que me desequilibró para pisar en buenas condiciones el segundo… y que me hizo recorrer el espacio hasta el tercero (unos tres pasos) más bien corriendo de lado que andando, encarar ese tercer peldaño de cualquier forma, y aterrizar -como si me tirara de cabeza en una piscina- contra la fuente que adorna ese espacio abierto.


Hace años que no me caigo, así que la impresión es mala por dos razones:

- la primera por la sensación de “serás inútil” que registra el cerebro y que hace que te rías de tu propia incapacidad en un intento de conservar la dignidad

- la segunda, porque “solo los críos son de goma” (hasta cierto punto, entiéndase), y una ya está un poco mayor para andarse cayendo.


Y es que mi mano derecha paró casi todo el golpe… o más bien, mi pulgar derecho. El resto se repartió entre el muslo izquierdo, la rodilla derecha, la parte inferior de la mandíbula izquierda y las costillas de la zona izquierda también. Además de que me mojé, claro. Es lo que tienen las fuentes: agua.


Ahora mismo me gustaría ver la imagen grabada, porque pareció que me tiré a abrazar la fuente, así que, desde ese punto de vista, incluso es gracioso… por decir algo.


Pero el resultado fue tres horas en Urgencias para ver si me había hecho algo en la mano (se me hinchó el dedo y apenas podía doblarlo, además de que me dolía muchísimo incluso aunque lo metiera en agua con sal y vinagre)… y felizmente me complace anunciar que solo tengo una “contusión postraumática” (curiosa expresión… aunque yo no soy quién para mofarme de ella) en la mano derecha, que no requiere más que paciencia, pero que “cómo duele la cabr…”


La cuestión es… ¿habría preferido tener la sensación de que algo así me iba a pasar y estar preparada para ello anímicamente?


Definitivamente: no. El día había transcurrido estupendamente hasta ese momento.

Así que, y como algo extensivo, me gustaría no volver a tener esas sensaciones de fatalidad: no sirven más que para sufrir durante más tiempo acerca de lo que no podemos evitar que ocurra.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Bienvenida guapetona, que hacía mucho que no te leía...
Espero que estés bien y que la “contusión postraumática” no haya sido nada...

Nannerl dijo...

Jeje, solo un esguince. Dos semanas de muñequera han hecho maravillas. :)

Pero soy imbécil: podía haber cogido una baja y no lo hice... y no se lo merecen. ¬¬